En esta ocasión te presentamos un texto en el que David Allen nos habla de cómo convivir con nuestro niño interior. Ese torbellino enérgico y activo, a quién tendremos que guiar para que no vaya como pollo sin cabeza, no se pierda y no se agobie.

    Parece que tenemos múltiples partes de nosotros mismos que necesitan ponerse de acuerdo y alinearse para hacer que las cosas realmente sucedan. Te habrás dado cuenta de que tú mismo tienes en realidad todo un comité con el que tratar ¡y están todos en tu cabeza!

    La gente suele quejarse de las reuniones improductivas, y a veces absurdas, que tienen que soportar en sus organizaciones. Pero esas reuniones, por muy malas que sean, terminan en algún momento. Las que tienen lugar en tu cabeza pueden durar las 24 horas del día. Y algunos de los miembros de mi comité interno se han tirado a veces los trastos a la cabeza, o simplemente se han levantado de la mesa, abandonando el juego y desbaratando el proceso. Si pudiéramos conseguir que nuestro comité interno se callara, o que llegara a un consenso, tendríamos mucho menos estrés y probablemente conseguiríamos hacer muchas más cosas significativas.

    Hay un miembro de tu comité que es absolutamente crítico para tu productividad: tu yo de siete años. Es esa parte de ti que nunca opera realmente a un nivel de conciencia mucho mayor que un niño de siete años. Los psicólogos se han referido a esto a veces como tu «niño interior». Pero el hecho de que sea muy joven no significa que no sea extremadamente importante en tu vida diaria. De hecho, es probablemente el jugador más esencial de tu equipo para llevar a cabo tu actividad física.

    ¿Te has fijado alguna vez en la energía que tiene un niño de esa edad? ¿Alguna vez les has visto hacer muchas cosas y estar muy comprometido con ellas? Seguro que el tuyo también lo hace. Le encanta cumplir, le encanta hacer cosas, le encanta completar cosas. Pero no le hagas pensar demasiado.

    ¿Alguna vez has limpiado una nevera por accidente? No lo tenías planeado. Pero un sábado tarde decidiste hacerte un sándwich. Buscaste dentro del frigorífico posibles ingredientes y, para ser creativo, rebuscaste en el fondo de las estanterías. Pero ¿qué es esto? ¡Uf! Algo que podría haber sido comida en su día, pero ahora se ha convertido en un dudoso experimento científico. ¡¡Puaj!! ¿Qué más hay aquí? Oooh, no quiero esto. ¿Y esto? ¡Aaaj! Está caducado. Tirar. Y una hora más tarde estás radiante con tu nevera limpia y listo para hacerte un gran sándwich con ingredientes frescos.

    Ese es tu niño de siete años. Le señalaste algo obvio para hacer físicamente. Se comprometió y vio la siguiente cosa obvia de la que podía ocuparse y en la que podía progresar. Estaba jugando, fluyendo y, al final, saboreando su logro, su espacio libre y lo que podía hacer con él. ¡Buen trabajo, chico! Buen trabajo, amígdala.

    Pero imagina que te dices a ti mismo (y a tu yo de siete años), con antelación, «tenemos que limpiar la nevera». Es probable que tu niño interior se asuste. «¿Cómo lo hago? ¿Por dónde empiezo? ¿Y si encuentro cosas horribles ahí dentro? ¿Y si me ensucio? ¿Y si necesito algo que no tengo para limpiarlo? ¿Qué cosas divertidas voy a tener que dejar de hacer para hacer eso?» Etc. Bienvenido a la mayor fuente de procrastinación.

    Y si crees que esto es desalentador, imagina esto otro:

    Traes a tu niño de siete años a tu Gran Sala de Conferencias interior y le dices: «vale, niño, escucha atentamente. Necesito que conozcas el propósito de nuestra vida y nuestros valores fundamentales, las visiones ideales y los objetivos que tenemos sobre todas nuestras responsabilidades para mantener las cosas en niveles efectivos, todos los proyectos que se derivan de todo eso y cada cosa que hay que hacer sobre cualquiera de esas partes móviles. Necesito que te asegures de tener el inventario completo y las imágenes en mente, que lo mantengas todo al día (ya que las cosas cambian constantemente), y que hagas la mejor elección sobre lo que debes hacer en cualquier momento. Y si no lo haces te voy a machacar constantemente y te voy a hacer sentir culpable e indigno».

    No es de extrañar que las personas se sientan por debajo de lo óptimo en cuanto a la gestión de su tiempo, de sus vidas y de sí mismas. Le están dando un papel ejecutivo al personal de primera línea, que solo vive en el momento presente (sin pasado ni futuro). Así que el niño de siete años siente que debe hacerlo todo, todo el tiempo. Y abandona. La parte «hacedora» de ti necesita la única cosa que debe hacer en este momento, para centrarse en ella, sin preocuparse de nada más.

    La aplicación de la metodología GTD® distribuye los roles adecuadamente. El inventario de tus compromisos —que es el resultado de capturar, aclarar y organizar todo lo que llama tu atención y luego reflexionar y elegir desde tu mente extendida una opción con la que comprometerte— es el trabajo de tu córtex frontal, tu función ejecutiva. Pensar adecuadamente, en otras palabras. Y una vez que todo se ha traducido en siguientes acciones, físicas y visibles, tu niño interior implementador está listo para tirar algo a la basura, hacer la llamada, navegar por Internet, comprar clavos en la ferretería o empezar un primer borrador de mierda (como hice yo con este artículo).

    ¡Qué disfrutes del bocadillo!

    David Allen